Proyecto de novela: Los ecos de Luna

“No podemos encarar la vida como la encontramos, pero tampoco somos capaces de escapar o adaptarnos a ella. 

De modo que se nos concede el poder de construir una clase de mundo con el que sí podemos enfrentarnos. 

Los mundos creados son tan variados como las mentes que los forman. Cada uno es de privacidad estricta y no puede ser compartido por otro. 

Es mucho más veraz que la realidad. Hay precisión, una agudeza, una intensidad penetrante que se lanza a través de la conciencia y es mucho más convincente que la hoja sin filo de la razón”.

Capítulo I: Madrid, 23 de abril de 2017

Acababa de despertar. Yacía en una cama bajo unas sábanas blancas limpias y planchadas, perfectamente colocadas. Yo, embalada como en un cajón de algodón acartonado. Recta, derecha, con las piernas y los brazos tiesos, dispuesta como en un ataúd. Pero estaba en calma. ¡Joder! Me envolvía una paradójica y seductiva alucinación de paz, que hacía tiempo no me amparaba. No sentía dolor alguno, ni angustia, ni siquiera tristeza.

Sin embargo, por destino o azar, no había llegado a reposar en ninguna caja de madera. Miré hacia el frente. Una pared de azulejos viejos, pequeños cuadrados de un color verde manchado, casi marrón, como los de una cocina o un cuarto de baño de los años 80, entrometían mi perspectiva o, al menos, así evoca el recuerdo mi cabeza. No tenía la menor certeza de saber dónde estaba, pero mi ajado y adormecido cerebro creyó interpretar el escenario. Intenté echar un vistazo hacia los lados pero apenas pude girar una cabeza que pesaba más de lo habitual.

Inspeccioné mi cuerpo, y mi cara, hasta el escaso punto donde me permitían mis mismos ojos. No creo que aquellos tubos dejasen apenas intuir mi rostro. Las ventosas en el pecho cableadas hacia aquella máquina indescifrable, vías en sendos brazos y una nota aún más discordante en aquel confuso pentagrama. De pronto descubrí que no podía levantar la mano derecha, ni la izquierda. Dos correas de contención mecánica retenían mis muñecas… No podría describirlas. No quise mirarlas más.

Volví a fijar la vista al frente, no tenía muchas más opciones. Me encontraba en el viejo Hospital Puerta de Hierro de Madrid, me adelanté a vaticinar, y aún era de día. Los rayos del sol aún se colaban por el amplio ventanal. Mi cama estaba ubicada justo al lado de la puerta de la habitación, protocolo clínico para mi cuadro médico, me informaría después. Sea como fuere, desde aquella grada, se intuía el ajetreo de ruedas de camillas, batas blancas y pijamas verdes, figuras que, de forma imprevista, aparecían difusas en mi pequeño ángulo de visión. Inesperadamente una enfermera se me acercó. Un rostro amable de piel blanca y joven, casi angelical, me preguntó si sabía dónde estaba. Le dije que sí, ya lo daba por sentado. Y volví a cerrar los ojos. Pensé entonces, dado el fin no consumado, que quizá debiera requerir a alguien que notificase el brutal incidente a mis padres, pero nunca sabré si no quise o no tuve fuerzas para llegar a acometer aquella obligación. Me dejé llevar, y vencer, de nuevo, a un sueño profundo y placentero.

Abrí los ojos otro instante. Esta vez alguien me despertó.

–Es horario de visitas. Tus padres están esperando fuera. Entrarán en un rato.

¿Cómo sabían mis padres que me encontraba allí? De pronto, el desconcierto más absoluto. Aquella enfermera de aspecto aniñado llevaba un anagrama en su pijama verde azulado, o azul verdoso. ‘Fundación Jiménez Díaz’, alcancé a leer.

¡Cómo podía haber llegado a concluir que aquel lugar de azulejos viejos era Puerta de Hierro! Tan solo había adivinado que no podía tratarse del nuevo Hospital Universitario de Quirón, apenas a un kilómetro de mi casa, y a un par más de la Casa de Campo. El viejo hospital, que especulaba, me correspondía por distrito, el antiguo Puerta de Hierro de Madrid, era solo un recuerdo vago. Hacía al menos siete años que había desaparecido. Cerrado y trasladado a un nuevo edificio en la localidad de Majadahonda. Era allí donde deberían haberme llevado pero ese, aún, debía tener unos azulejos impolutos.

Miré hacia todos lados. A mi izquierda entreveía dos personas más en aquella habitación. Dos señores mayores, quizá, a los que solo percibía por una tos ronca y anciana en casi una penumbra de biombos, camillas y aparatos que no dejaban de pitar. Estaba en la UCI. En la UCI del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz de Madrid.

¿Cuántas horas habían pasado? Me fijé en el reloj que había tenido en frente todo el tiempo, anclado a esos azulejos sucios y manchados, y en el que no había reparado. No recuerdo qué hora marcaba pero era por la mañana. ¿Había pasado la noche allí? No tenía la menor idea de cómo había acabado todo aquello. Desde… lo último. La Policía.

–¿Qué tal estás? ­­–preguntó cautelosa mi madre.

–Bien –respondí escueta.

–¿Te duele? ¿Te molestan los tubos? ¿La sonda? ¿Estás tranquila?

–No me duele nada. Estoy tranquila, estoy bien –contesté con voz pausada, cansada.

Mis padres estaban plantados como dos espantapájaros asustados. Con los ojos caídos, tristes, angustiados. Sin saber qué decir. Sin saber si tocarme. Y entonces descubrí que mis muñecas podían danzar libres, las correas habían desaparecido para presentarme ante la visita inesperada.

–¿Ha venido el médico? –preguntó mi padre.

–No, aquí solo hay enfermeras –aclaré.

–Hala, vuélvete a dormir si quieres –intervino mi madre en tono calmante.

–Sí –contesté casi en un susurro.

Sueño. Despertar. Por fin un médico.

–Hola Luna. Soy la Doctora Elena Fernández, psiquiatra del hospital. ¿Cómo te encuentras? ¿Recuerdas qué pasó?

–Estoy bien, pero estoy… muy cansada. No soy capaz, aún, de hablar –expliqué.

Sucumbí otra vez al placer de cerrar de ojos, al abandono del despertar de la mente, a la calma absoluta del sueño.

Llegó la tarde y desperté de nuevo. Más consciente, con la mente más ágil y despierta, aunque aún parte de mi cerebro dormitaba. Era lunes, no me había presentado en el trabajo y no había avisado a nadie. Se preguntarían dónde estaba. ¿Estarían preocupados?

–Hola, ¿qué tal estás? ­–Escuché a mi madre delicada, de nuevo, sedante.

–Bien –dije–. ¿Quién os ha avisado?

–La Policía vino anoche a casa. Trajeron tu bolso. Nos dijeron que debíamos venir aquí. Icíar y yo vinimos corriendo en un taxi. Tu hermana estaba muy nerviosa. No se veía capaz de conducir. Creímos que habías tenido un accidente con el coche –me reveló su tragedia mamá.

–Pero, ¿cómo? ¿Anoche estuvisteis aquí? –interpelé desconcertada–­. ¿Icíar había estado aquí?

–Sí, pero estabas inconsciente. Un hombre te encontró y avisó a emergencias –contestó mi madre.

–Fuimos a recoger tu coche tu hermana y yo –advirtió mi padre.

–¿Mi coche? ¿Estaba bien? ­­–Estaba aturdida, no sabía ni qué preguntar o decir.

–Sí, estaba aparcado en el parking de Rodajos. Ya estaban cerrando las puertas de la Casa de Campo pero la Policía nos dejó entrar –explicó mi padre.

Silencios.

–Aún no hemos llamado a la agencia. ¿Qué quieres que contemos? –intervino nuevamente mi padre.

–Mmm, no sé yo so si…–interrumpió mi madre.

–Avisadles, da igual. Deben estar preocupados. Llamad a mi jefe, él lo entenderá. –Mis padres cuchicheaban en desacuerdo a mi respuesta.

–Bueno, pues luego le llama tu padre –interfirió mi madre en tono tajante.

Un beso, un ‘hasta mañana’ y de nuevo sola en aquella habitación de hospital. Esta vez quería que se hubiesen quedado más tiempo. No me habían preguntado nada. ‘¿Por qué? ¿Querías hacerlo? ¿Qué pasó?’. Nada.

Ahora parecía más real el lugar en donde estaba. Oía más, escuchaba más, veía e intuía más. Aunque seguía invadida por una extraña sensación de calma. Me sentía segura, protegida, como si en esa camilla de tubos y cables no pudiera sucederme nada malo. O, quién sabe, quizá auxiliaba la indiferencia que se siente cuando ya nada importa.

Antes de apagar las luces, hubo algún ajetreo más. Cambio de turno de enfermeras. Idas y venidas. Otra vez ruedas de camillas y pasos acelerados en un pasillo hacia el que no dejaba de mirar. La puerta de la derecha estaba más cerca de la vida que el biombo que me separaba, a mi izquierda, de dos personas consumidas a las que la muerte apremiaba y a quien yo no podía mirar. ¿Tenía derecho a estar allí junto a ellos? ¿A ser asistida del mismo modo que ellos? ¿Querrían ellos marcharse ya? ¿O no? Yo era un insulto a la vida que quizá ellos darían sus manos por tener.

Luces apagadas. Fluorescentes de emergencia y aún un mismo trajín, pero más callado y oscuro. De pronto, algunas de las enfermeras se reunieron al final de mi cuarto, junto a una de las luces que más destellaba –sin referir las máquinas enchufadas a los tres moribundos–, el ordenador de la ventana. Allí, apoyadas sobre aquella encimera metálica abarrotada de instrumental de hospital, que recorría todo el frontal de la habitación, parecían comenzar a relajarse, un tiempo dedicado solo a la vigilancia de los yacidos, pero de inherente recreo.

Aún así, aquella no era mi cama y la tenue luz de un hospital anochecido puede sacudir monstruos. Pensé en mi abuela. En aquellos fatídicos días en los que estuvo ingresada y en lo que todos pensamos que podía marcharse ya. Me inquietaba que tuviera miedo por la noche. Sola en una habitación de la UCI. Yo no sentía miedo. Mi corazón había estado en lugares mucho más lúgubres que aquella vieja habitación de hospital.

Intenté dormirme de nuevo y no sé si sucumbí.

Capítulo II: El Café

–Bueno y ¿qué pasó anoche? Empieza a contar, anda… –Iniciaba ya la guardia Marta con sus punzantes y burlescas preguntas.

–¡Uf! No sabría qué… –dudó Claudia, remolona.

–Si se te ve en la cara… ¿Dónde fuisteis? –insistió Marta.

–Estuvimos por Malasaña. Me enseñó un par de librerías que quería que conociese –escotó Claudia.

–¿Librerías? Vamos… ¿Solo eso? –intentó sonsacarle Marta.

–Bueno, no… Paseamos y después me llevó a un Café. Ajenjo, creo que se llama. –Le iba a tirar de la lengua.

–¿Ajenjo? ¿En Malasaña? No me suena… –desconfió Marta.

–Sí. Al parecer es un sitio antiguo, un local mítico de Madrid. La verdad es que tenía su encanto. Cuando entramos a mí me pareció abrir el telón de una película de los años 20. Apenas había tres clientes pero yo me imaginé a un grupo de escritores bohemios con sombrero, trajes haraposos, camisas desabrochadas y corbatas desatadas, bebiendo, fumando puros y hablando de Literatura. Aunque no se podía fumar…

–¿Se te está pegando la idiotez? –inquirió Marta con cierta ironía.

–No, en serio. Tenía algo mágico. Era como estar en otra época, como en un cuadro del Café Guerbois del siglo XIX. –Claudia miraba hacia arriba. Parecía que recordaba algo que le producía cierta seducción.

–¿Guerb… qué? –se burló Marta.

–Sí, era un local de París donde se reunían pintores, escritores… artistas de la época. Es que hay un dibujo de Manet al que me recordó ese sitio. –Claudia había cursado Primero de Historia del Arte antes de acceder al Grado de Enfermería.

–Yaaa… –asintió Marta con sorna.

Claudia

Llevaba la mano metida en el bolsillo derecho de su abrigo gris. Ese sí me parecía un gabán del XIX en la Malasaña del XXI. Él liaba un cigarro a izquierda y derecha, según le permitía mi cuerpo echado y apretado sobre su lado derecho. Aquella tarde hacía frío e iba a anochecer. Me llevaba a un Café. Ajenjo. Entramos en una de esas calles estrechas que tanto me gustan del barrio. Vas caminado y es imposible dejar de embelesarse entre los pequeños balcones de persianas mallorquinas de colores y macetas rojas, azules, verdes… Con sus flores colgando de los barrotes.

Empezaba a estar oscuro y, antes de entrar, echamos el pitillo en la puerta del bar para contemplar la bonita estampa. Un cuadro romántico alumbrado apenas por esos enormes faroles antiguos de hierro forjado pero tenue luz, que separaban los balcones de las fachadas a ambos lados de la calle.

–¿Entramos?

–Sí, hace frío –asentí con gesto tembloroso.

–Te va gustar, ya verás.

Y no se equivocó. La barra estaba situada a la izquierda. Desde el otro lado un señor mayor de aspecto sereno y afable nos quiso atender.

–¿Tú que quieres?

–Un café.

–Un café con leche y uno solo, por favor.

–Vamos al fondo.

Nos sentamos en una mesa rectangular escondida tras una pared, la última mesa grande a la derecha del local, en frente del aseo. A nuestra izquierda, sentado en una mesa pequeña y redonda, un hombre de mediana edad leía absorto el periódico. Nosotros, sentados en un banco de cuero raído anclado a la pared, esperamos el café.

–No puedo creer que sepas tan poco de Literatura, siendo… –me reprochó Alberto.

–Siendo ¿qué?

Charlábamos frente a una pared de un color verde apagado y revestida desde su mitad hacia abajo de un tablado de madera oscura, antigua, desvencijada, y frente a dos cafés y dos pastas de mantequilla de esas con mermelada en el centro. Yo no me la comí, por supuesto. Alberto degustó la suya y la mía. La carta dispuesta sobre la mesa nos ofertaba un sinfín de tipos de tés, cafés, batidos y tartas caseras: de zanahoria, de manzana, de chocolate; todas apetecibles a dos bocas que ese día, sin embargo, solo echaban en falta conversar.

Alberto era un literato bohemio atrapado en el Madrid europeo del segundo milenio, en la ciudad joven de la ambición, del consumismo, de la apariencia. Alto, esbelto, de cuerpo atlético y cara de haber vivido más de una vida, a pesar de alcanzar solo la treintena. Era inteligente, sin duda, y sabio, muy culto, muy leído, quizá demasiado. Era un ferviente detractor del capitalismo, amante del Cine, la Filosofía, la Literatura y la Música Clásica, y sus ideas eran coherentes con su modo de vida, algo muy poco común para un chaval de esta época. Me gustaba escucharle. Me enseñaba, sin saberlo, ni él ni yo: de Política, de Cine, de Filosofía, de Literatura, de Música, de la vida.

Vestía siempre vaqueros gastados, camiseta arrugada y jersey de punto liso. Y su gabán gris, por supuesto. Debía hacer años que no pasaba por una tienda de ropa pero a mí me gustaba ese tipo de indumentaria para un joven actual. Sencillo pero masculino, sin ningún atavío excesivo, y mejor camiseta que camisa. Solamente le vi una vez vestido con traje de chaqueta y corbata y la verdad es que, por su porte, le sentaba realmente bien.

Alberto y yo nos conocimos una noche en el barrio donde vivía. Estábamos en el Barco, un local muy frecuentado de Malasaña ubicado en la misma Calle del Barco –nombre que, por cierto, tiene su origen en el capricho de una condesa para la que aquella calzada presentaba un relieve cóncavo similar al de una embarcación, que yo nunca supe ver–. Había salido con unas viejas amigas del colegio y, sin prevenirlo, apareció él… Como personaje sacado de un libro. No fui yo quien le trató primero. Las hermanas del grupo dieron con él. Y supongo que pensaron que me gustaría.

Aún hacía poco que había terminado una relación, larga, muy larga, de esas que te dejan el corazón en pausa, sin anhelo ni esperas y, aunque ya había tenido algún que otro escarceo, incluso alguna que otra pareja informal, todos parecían entender que yo necesitaba a alguien.

–Tienes un escritor a la derecha que quiere hablar contigo…

–¿Qué? –Yo, copa en una mano, pitillo escondido a ojos del local en la otra… Bailaba y reía de un lado a otro sin requerir nada más—. Que es escritor, te va a gustar…

–¿Escritor? ¡Paso! –grité y reí mientras me diluía en mi embriagado baile.

Pero no, esa palabra suscitó en mis adentros algún tipo de turbación, un extraño atractivo que me dirigiría a él como un imán al hierro. Le reparé desde lejos. Él me observaba a mí pero él sin esconderse. Estaba solo, en medio de la nada en aquel instante. Liaba un cigarro, me miraba, bajaba la cabeza y se sonreía… Le hacía gracia, no había duda.

Y ahí empezó todo. Comencé a revolotearle, sin acercarme mucho pero sin alejarme ­–el mismo cuadro que se repetiría incesante después con los años, pienso ahora–. Él no me quitaba ojo pero yo aparecía y desaparecía. No tenía nada claro si aquella noche me apetecía relevar mi cometido libertino sin compromiso por embaucarme en ninguna otra aventura. Lo estaba pasando bien.

Pero casi no tuve elección. Habíamos quedado en otra sala de la capital y nos dirigíamos a coger un par de taxis para trasladarnos. Y, de pronto, sentada en el centro de la parte trasera de unos de los coches riendo a carcajadas con una amiga y esperando a ‘la’ ocupante que faltaba para cerrar el taxi y emprender la ruta, me encuentro en un callejón sin salida. La rubia se asoma a la puerta abierta del coche, en el lateral donde aún quedaba un asiento libre, y me dice riendo: «Oye, yo voy en el otro coche… Garcilaso va con vosotras». ¿Cómo?

Ya no tenía escapatoria. Garcilaso… Así le bautizaron. Yo apenas había cruzado tres palabras con él. Era Doctor en Filosofía, licenciado en Literatura y algo de Cine, creo… Quizá un Máster, no lo recuerdo. ¿Se podía pedir más a ese currículum? Un trabajo fijo, pensaría meses después.

Pero no. Alberto no tenía un trabajo normal, ni un horario normal, ni se preocupaba de que tuviera algo para desayunar en su nevera al despertar. No hacía nada tradicional ni esperable, algo que, en parte, agradecía, en parte me desconcertaba y, en parte, me seducía aún más.

Nada con él era rutinario. Aquella primera noche que pasamos juntos recuerdo que el reloj se paró en aquel apartamento de la calle Manuela Malasaña. Apenas debimos dormir a intervalos de escasos minutos. El sol que, a modo de despertador, se colaba por la ventana lo tapamos con el edredón. E hicimos el amor. Y tuvimos sexo. Y hablamos, hablamos, hablamos más. Y volvimos a hacer al amor y volvimos a tener sexo y volvimos a hablar, como si no hubiese un mañana, como si dentro de aquellas sábanas el tiempo se hubiera detenido y la ordinaria realidad se hubiese sumergido por el desagüe de alguna alcantarilla de Madrid.

Vivían tres personas más, dos chicos y una chica, en aquel piso viejo aunque reformado –a excepción del antiguo cuarto de baño a donde corrí varias veces temerosa de toparme con alguno de los otros huéspedes–. Pero la mañana fue callada, sin atisbo de ocupante alguno. Solo un pequeño detalle reveló que alguien más se había levantado cuando, en un intento desesperado por salir de aquella cama magnetizada, fuimos a la cocina a por café. Mientras Alberto preparaba la cafetera, descubrí una pequeña bolsa de papel marrón con una nota: ‘Churros de buena mañana. Para quien guste’.

–Qué compañeros de pisos más detallistas tienes, ¿no?

–Ese ha debido ser Nacho…

Esperaba impaciente y deseosa el café combatiente a la incipiente resaca pero, en vez de ayudar a Alberto, inspeccioné la cocina de arriba a abajo, de izquierda a derecha. Estaba todo limpio y recogido, apenas unos platos secando en el fregadero. Había dos cubos de basura. Reciclaban, pensé. De pronto, algo cautivó toda mi atención. En la nevera un mensaje escrito con esas letras viejas de colores imantadas: ‘Todo hombre es como la Luna. Tiene una cara oscura a quien nadie enseña’. Estaban tan mal dispuestas que cuando entré no reparé en ellas, creí que estaban descolocadas.

– Mark Twain –se adelantó a la pregunta Alberto.

–¿También te gustan las historias de aventuras?

–Yo no he puesto eso…

Tomamos el café sobre su desquiciado despacho sin demoras a las sábanas que nos aguardaban el calor. Nos acostamos la madrugada de un domingo y mi instinto –no sé si animal o cerebral– no dejó escapar mi cuerpo de allí hasta bien entrada la noche. La última estancia que ultrajamos fue el sofá del salón. Había que despedirse pero yo aún portaba su jersey y me cubría una manta de chenilla cuando Nacho hizo su aparición estelar. Se sentó en la butaca frente al sofá: «¿Y qué hacéis vosotros aquí?».

Nacho desde luego era más galán y más de este siglo que Alberto, pero ojalá no hubiera tenido que ir a trabajar o hubiese tenido algo que ponerme al día siguiente para poder pasar allí la noche, con Alberto.

Resultó imposible no volver a verle después de aquel… ¿Agujero negro? Él disponía de más horas que yo al día pero al final siempre acababa por sucumbir a esa parada del reloj, que él inexorable e inconsciente conseguía moldear a veces.

Recuerdo un fin de semana en mi casa. Una de esas mañanas de domingo sin prisas. Sin cerrar la cama, sin duchar, ni vestir, ni pretensión alguna de hacerlo. Tomábamos el segundo café mientras charlábamos en el sofá del salón cuando se acercó al viejo equipo de música de mi padre: «¿María Callas?». Encontró un CD sobre el vinilo.

–¿Te gusta la Ópera?

– No sabría qué decirte. Nunca he escuchado Ópera. Solo la he oído. En el cine, como todos supongo, pero creo que siempre de pasada. No sé de quién es ese Compact Disc, ni qué hace ahí. En este salón nadie pone ni se siente música desde hace mucho tiempo.

Garcilaso… Alberto poco tenía que ver con un poeta y militar del siglo XVI. Y menos aún con la poesía del Renacimiento Castellano. Al día siguiente de conocerle, recordé una clase de Lengua en el colegio: 

En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;

 y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena;

 coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre.

Aquel profesor –Rodrigo se llamaba, quizá, no lo sé. Muy agudo, eso sí lo recuerdo– me había hecho leer en voz alta la poesía de Garcilaso de la Vega ante mis incesantes y susurrantes interrupciones derivadas del ronroneo con mi compañero de clase. Creo que cursaba 3º de la ESO y aquel con el que cuchicheaba de pupitre a pupitre sería después uno de mis primeros e inocentes novios de adolescencia. Cuán oportuno fue aquel soneto, pensaría ahora.

Pero no. Alberto ni se acercaba de lejos a Garcilaso de la Vega. Albero era de Kafka y sus extravagantes y embrollados contrasentidos. «Kafka se los mea a todos», solía decir, apuntando con sorna y siempre sentenciando. Aunque también era un entusiasta lector de Joyce y estudiaba el Ulises de James casi como libro de mesilla de noche. Y admiraba la filosofía de Wittgenstein, que yo había estudiado pero ni recordaba, aunque le daba la razón a Kant. Y el caso es que yo era de Nietzsche –lo único que me ayudaba a comprender la Literatura y el propósito de Kafka– y me costaba comprender a Kant. Y no conocía el Cine clásico pero él me hablaba de Jean Luc Godard y su ‘Desprecio’. Y no sabía nada de Ópera pero él me hizo escuchar a Violetta, papel que interpreta María Callas en La Traviata, y el caso es que me encantó.

No había duda. Alberto me superaba con creces en el conocimiento de todas las disciplinas habidas y por haber, salvo en las de este siglo, por sentado. La verdad es que fueron meses inspiradores –recabaría después–, pero también de encuentros casi furtivos y no porque nos escondiésemos de nadie, si no porque no parecía que quisiésemos compartir aquello que solo era nuestro. O es que nadie más hacía falta. No lo sé. Meses de despertares de café, cuentos y charla, de desenfreno pausado y a intervalos secos y espaciados en el tiempo.

Y así dejamos el invierno pasar y llegó la primavera, entre su recreo de letras y mis eternos horarios de trabajo. Y dejamos de vernos pero sin olvido y con reprimendas. Hasta que llegaron los ratos de asueto del verano para compartir algunos días más de ese sofocante estío de Madrid, encerrados en casa como dos osos hibernando el invierno que aún pesaba, a los dos.

Sin embargo, todos esos cuentos y cafés, todas esos huecos en el tiempo ordinario, acababan del mismo modo. Yo soterrada en mi rutina, en mi realidad, en la sociedad que él detestaba. Todo lo que me cautivaba de él, la razón que me raptaba aunque consciente y complaciente, era lo que en consecuencia me hacía, automática, dar un paso atrás y sentenciar que aquella relación era imposible.

–Me voy a México. –Escucharía meses después al otro lado del teléfono.

—–

Capítulo III: Ana

–¿Os habéis fijado en la chica de la tercera? –preguntó Marta.

–Sí, qué pena –interfirió María mientras miraba el cuerpo dormido de la tercera cama.

–No, me refiero a cómo está de… de delgada –puntualizó Marta.

–¿De delgada? Ya me gustaría a mí tener ese cuerpo… –intervino Claudia.

–Apuesto a que aún no te ha tocado asearla. ¿La has visto desnuda? Está en los huesos –sentenció Marta.

–¡Joder Marta! En su ficha, entre otros pormenores, se especifica TCA. ¿No lo has visto? –dijo María con tono molesto–. Yo también pasé por algo así.

–¿Tú? ¿Así? ¿Quieres decir que tuviste…? ¿Anorexia? –preguntó incrédula Marta.

–Sí, bueno… ¡Algo así! Pero de eso hace ya mucho tiempo. Era adolescente. Y no es que lo oculte pero no es algo agradable de recordar, ni de contar. Lo pasé muy mal, Marta –dijo María con pesar.

–¡Calla, calla! Viene Carlos –avisó precipitadamente Claudia.

–¡Qué! ¿Ya estáis cotilleando? ¿Cómo va esa noche de guardia? ¡Marta! Por fin he encontrado los altavoces que quería. Al final se los he comprado a un chico en Wallapop. Mañana en cuanto salga de aquí voy a buscarlos. ¿Quieres verlos?

María

Por aquellos entonces a veces me llamaba Ana, otras Mía. Ana era una disciplina de corte militar, un tipo de sumisión a mi propio cuerpo que debía acatar a rajatabla. Mía era el castigo infausto por incumplirla.

Ya habían pasado más de diez años de todo aquello pero aún me evoca emociones tan intensas como si hubiera sucedido ayer. Los espejos de mi casa cubiertos por un papel marrón de embalar. Los pestillos arrancados de las puertas. Mi madre sentada en la tapa del inodoro mientras yo me duchaba. Hablar de eso en mi familia era como hablar de algo casi irreal, una horrible pesadilla que nadie quería traer a la memoria.

Apenas tenía 19 años y, aunque ya arrastraba algún trastorno desde los inicios de la adolescencia, era ahora cuando comenzaba a perder el control. Había convertido mi vida en un averno impávido y agotador, en un castigo insoportable, en una cárcel sin llave erigida solo por mí. En mi cerebro escaso, entonces, apenas coexistían dos constantes que hacían estimular mis neuronas: la comida y el cuerpo. En función de cómo se relacionasen estas dos variables, mi cabeza y, por extensión, mi vida escolar y social, regían lúcidas o caóticas. El quid de aquella función es que, en aquel tiempo, esa relación era inexorablemente incompatible.

Elena no cesaba de mover la pierna compulsivamente golpeando la silla contra la pared; Sara parecía que se devoraba la mano derecha con esa forma de comerse las uñas tan voraz que le hacía sangrar; Laura se miraba los zapatos con los ojos tan caídos y el rostro tan vacío y absorto que parecía encontrarse en otro lugar, quizá muerto. La escena se me tornaba entre macabra, patética y cómica. Aquellas diez chicas sentadas en círculo y con la silla pegada a la pared conformábamos un tétrico cuadro que rozaba la tragicomedia. Aunque a mí, desde luego, no me producía risa alguna. El balanceo insoportable de aquella silla, el traqueteo de Sara con sus dedos y el fúnebre abismo de Laura me excitaban de tal modo que solo aguardaba un deseo angustioso y desesperante de chillar y salir corriendo. Era como estar dentro de un cuadro de Munch. Con la conmoción de portar dentro un grito agónico, por su expresionismo, pero silencioso ante aquella tétrica película de la que no quería formar parte pero en la que involuntariamente ya actuaba.

Los barrotes de esa cárcel que me asfixiaba y que yo misma había levantado ya no solo emergían dentro de mí. Ahora los hierros me venían también impuestos desde fuera, ensanchando aquel agobiante presidio. Me había embaucado por propia voluntad en un proceso que ya parecía no tener retorno y al que ahora me negaba decididamente a participar.

Había llegado al límite antes de aceptar el rol en aquella estrepitosa secuencia de terror, pero qué opciones había… Habíamos tenido. Aprendí entonces que puede resultar sumamente arriesgado y peligroso dejarse caer en manos de quien te ofrece ayuda cuando estás incuestionablemente perdido. Mi familia y yo, habíamos ido a deparar en un callejón sin mapa ni señalización alguna y, sin saberlo, custodiábamos un cóctel frágil y vulnerable situado justo en medio de la carretera y en el punto de mira para prender.

Agachada frente el váter de mi cuarto de baño. Lloraba. No soportaba el dolor. Físico. Me oprimía. Me asfixiaba. No toleraba aquello dentro de mí. ¿Por qué lo había hecho? Comía sin tener hambre, comía comida que no me gustaba, comía hasta reventar, hasta que no podía más… Era como rajarme los brazos hasta hacerme sangrar. Era castigarme, era hacerme daño. Y ahí estaba después, sin poder procesar aquel peso de más, aquel peso en kilogramos de grasa, pero aún más aquel peso en kilogramos de culpa, aquel peso en kilogramos de castigo, aquel peso de ineptitud para controlarme. Y aún persistía, introduciéndome los dedos hasta el esófago, con las lágrimas brotando. Y me costaba. Y me dolía. Y seguía y me hacía un daño en la garganta que se alargaría durante días para recordarme lo que había hecho. Pero tenía que soltarlo. Porque aquello no era mío. No era una comida ni una cena de calorías a disfrutar. Solo era un látigo con el que yo misma me azotaba para pagar mis errores. Y a cada vaciado de entrañas, tiraba de la cadena y me enjuagaba la boca hasta que no quedase nada dentro. Y lloraba. Y me dolía cada vez más. Dentro y afuera. Y lo soltaba. Y tiraba de la cisterna. Y me lavaba la boca tantas veces como pudiera. Y seguía llorando. Y luego se pasaba y hacía que no pasaba, pero luego volvía. Y no podía controlarlo. Me reprobaba a mí misma comiendo para hacerme sufrir. Era apenas un instante de delirio, apenas dos segundos de descontrol y ya lo había hecho otra vez. Y luego me escondía en el dormitorio, tras el castigo, tras la condena, con la traza del látigo aún sangrando en mi espalda. Y me tiraba al suelo y me arrodillaba, me agarraba el pecho y le rogaba al Dios en quien ya no creía que por favor parase. Que «otra vez no». Y aquello era un martirio difícilmente soportable para una sola persona sin gritar.

Cuando era adolescente, Ana y Mía se exhibían como dos enfermedades de moda. No porque el número de casos hubiese comenzado a incrementarse en España de forma gravemente exponencial entre las chicas jóvenes, que también, si no porque la alarma social ante la nueva epidemia había saltado a los medios de comunicación de masas.

Era una materia a tratar que producía cierta actitud morbosa en el público y, por lo tanto, generaba audiencia. Especialmente en televisión, por supuesto. Las imágenes de la anorexia más bestia suscitaban en el espectador sensaciones que mediaban entre la repugnancia, el pudor, la aversión y la compasión, pero todas, de igual modo, tan vivaces, que excitaban y atraían su mirada como un imán.

La fotografía de una niña con la tez pálida, el rostro contraído tras unos pómulos levantados como dos picos bocabajo sobresaliendo de una caja hueca, los ojos saltones de un búho amedrentado, los brazos descarnados de grasa, las piernas escuálidas de una jirafa desgarbada, las costillas sacadas del cuerpo como dos puntiagudas esculturas emergidas de una pared lisa, el embudo de la pelvis constreñido por los huesos resurgidos y pronunciados a ambos lados de la cadera, el abdomen desinflado, la inexpresión de una figura consumida… Impacta. Y a partir de ahí, uno deja de mirar y se prescinde del juicio o se recrea ante la imagen y sentencia.

¡Cuán ignorancia vaga y soberbia vana! Aún hoy cuando se habla de Ana y Mía (Anorexia y Bulimia), la gente de a pie recrea en su cabeza una chica joven de carne desgrasada y seso superfluo. Y, perdónenme, pero quizá su seso conserve cuán inteligencia, capacidad y razón que le hayan provocado enfermar.

Desde luego, yo no me consideraba vana, ni lo consideré jamás sobre ninguna de las chicas que padecían la enfermedad y que llegué a conocer en diferentes etapas de mi vida. A menudo eran listas, disciplinadas, emprendedoras, hacendosas, minuciosas… hasta la obsesión ciega de alcanzar la perfección. Pero no de su cuerpo, a menudo de sus notas escolares, de su carisma, de su trabajo, de su gentileza, de su bondad. Ni el ‘suficiente’, ni el ‘bien’ ni el ‘notable’ saciaban su sed por mejorar. Aprobar no era un fin consumado. Y el ‘sobresaliente’ moría supeditado también después ante la consecutiva Matrícula de Honor. Y la Matrícula de Honor expiraba caduca con la enfermedad.

¿Y cómo se llega a ese piélago de incongruencia? Batallas por alcanzar la mejor versión de ti mismo y acabas por matar cada nota, una a una. La Matrícula de Honor, el ‘sobresaliente’, ‘el notable’, el ‘bien’, el ‘suficiente’… Hasta que empiezas a desaprobar, a suspender, pero aún tú sigues creyendo que estás más arriba de la Matrícula. Y llega la distorsión de tu icono, la tergiversación de tu anhelo, la disociación de tu sueño y el raciocinio se te escapa entre los dedos y culminas en una ceguera en la que ninguna realidad ya te complace.

Era una mañana fría de otoño en Madrid cuando todo cambió. Lo tenía todo calculado pero no sabía si me atrevería. Lanzada como una bala y agitada como el café que porta una camarera en la bandeja su primer día de trabajo, bajé corriendo las escaleras del portal hasta el garaje, tras los pasos acelerados de mi padre. Conseguí colarme en su coche para que me dejara en el Instituto antes de encaminarse a su irremisible jornada laboral. Cerré la puerta del copiloto del viejo Volvo, que aún seguía desprendiendo ese olor rancio a cuero que se te cuela como un aspirador en las fosas nasales, y me abroché el cinturón.

El viaje fue callado, con la mirada de ambos puesta en la recién amanecida y atascada carretera, y la radio encendida, aunque ninguno prestase atención al magazine matinal. Mi mente solo cavilaba cómo iba a plantear el urgente auxilio que imploraba a gritos callados. Mi padre, ataviado como siempre –con su elegante mono de trabajo, corbata lisa, traje de chaqueta y camisa impecablemente planchados; y oliendo excesivo a aquella inconfundible y persistente fragancia de Old Spice–, no creo que ni por un momento se acercase siquiera a imaginar lo que estaba a punto de suceder. Aparcó el coche en batería frente a la oxidada verja verde que aguardaba las aulas. Habíamos llegado pero yo no iba a bajarme… Sin decírselo. Inspiré hondo y lo solté.

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SINOPSIS

La novela comienza con la historia de una joven. Luna despierta desconcertada en la UCI del Hospital Fundación Jiménez Díaz de Madrid pero el lector no va a descubrir cómo y porqué ha llegado allí hasta el final de la obra. Entre medias, se van a entremezclar, por capítulos, historias pasajeras de vidas ajenas o no: miedos, inseguridades, drogas y alcohol, anorexia, bulimia, amor y lo que no es amor, trabajos precarios, frustraciones, deseos de apariencia. En definitiva, todos esos golpes derivados de aspiraciones excesivas y equívocas que llevan al joven de este siglo a querer ser quien no le satisface ser.

El Madrid callejero del segundo milenio puesto a hervir y a discutir. Pero esas historias, que procederán de diferentes voces narrativas, nadie sabrá si pertenecen a pasajes de la vida de las enfermeras que Luna escucha consiente e inconsciente mientras yace en esa cama de la UCI; sueños/pesadillas que Luna padece durante sus días en la cama de hospital; o, lo más inspirador, episodios reales de la vida de Luna.

Marta, Claudia, María y Carlos conforman el grupo de enfermeros que acompañarán a la protagonista durante sus noches en cama, y ellos son quienes introducirán –a modo de diálogo– cada capítulo con una nueva historia, independiente o no a la anterior.

Mi propósito es que cada uno de los relatos aguarde un sentido reflexivo, profundo y filosófico de la sociedad –la trivial y la cruda– en que vivimos hoy, para resaltar el modo en que se nos exige adaptarnos a ella.

La Luna tiene una cara oculta y esa cara se desgaja a veces en otras miles: todas las formas, cuerpos y almas que una persona puede adoptar en determinados momentos de su vida.

*Nota al pie: Este es un borrador que únicamente se publica a propósito de proteger los derechos de autor de un proyecto presentado a concurso.