Sacude la china y esquiva el charco

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Hoy una de esas amigas que ha corrido conmigo tras los lobos me ha venido a decir que uno en la vida no ha de preocuparse sino ocuparse y que las pesadillas son solo el eco de una vida que te habla y te muestra una mochila y una china en el zapato de las que uno ha de despojarse.  

No existen fronteras si evitas centrar la mirada en las barreras que intentan cortarte el paso. La vida es eso que transcurre entre la vigilia y el sueño. Sin pretensiones. Sin embargo, yo atisbé piélagos salados de incertidumbre y océanos dulces en el horizonte. Me embriagué de sal. 

Erré quizá. La vida adulta me trasladó a una niñez enfundada en un parque de pelotas, unas te golpeaban y con otras brincabas. ¿Con cuáles quieres jugar?

Dichosos aquellos que supieron esquivar las pelotas lanzadas a traición y dichosos aquellos que supieron jugar y que acogieron los pelotazos con elegancia y perdón. A veces hay balones capaces de marcarte la cara con poliedros a modo de tatuaje.

Jamás dejan de ser piedras en los zapatos, pero unos deciden sacudir, otros limpiar a mano con menester y gracia, otros utilizan la lavadora con lejía y otros se complacen andando con ellas creyendo lidiar en un pisar de confort, aún haciéndote daño.

El zapato duele cuando no cabe. Sácate la china y esquiva el charco. Y si quiero…

¡Quiero mojarme! 

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