Venciendo al ganado con una pequeña oda a la amistad

Oía pero no escuchaba el jolgorio. Percibía pero no sentía los abrazos. Veía pero no miraba la complicidad de los ojos. Estaban ahí pero es que solo pasaban por ahí, como ganado trashumante, como ovejas que saltan tu cama cada noche. Las cuentas. A decenas. Pero algunas trasnochan en tu cama dejándose sus huellas marcadas de barro en las sábanas; otras dan saltos tan grandes que ni percibes el aire que debiera sacudirte; otras te acarician dejando un algodón que primero acolcha tu almohada pero que luego se acaba aplastando con el tiempo; pero otras se tumban a los pies de una cama en vela. 

La familia no caduca pero a veces no puedes dejar de sentir ese tinte sanguíneo de la obligación. En cambio, existe otra familia, esa que no se cuenta a decenas, esa en la que te faltan los dedos de la mano derecha para contarla. Se trata de otro tipo de ganado. Este pertenece a la familia de Hachiko, que espera sin respuesta a su amigo en la estación de un tren. Hasta que aparezca. Primero te vela cauteloso en el temporal hasta conseguir dormirte y luego espera paciente hasta que te levantas y alzas el vuelo con alas propias.

Hay animales que abandonan al mamífero enfermo porque ralentiza su ruta; pero hay otros que permanecen a sus pies hasta que se levanta. Y los seres humanos somos también animales, somos mamíferos, pero unos nacen y se ponen de pie y otros necesitan unos días con su madre al lado para aprender a mantenerse en equilibrio y poder buscar comida por sí solos. 

Puedes tener trabajo, dinero, éxito, pero si no tienes amigos de verdad, la vida parece que pasa por ti sin merecerla.

La amistad es un baile pero no se puede bailar todo el tiempo. Es un salir de cañas, pero uno no puede emborracharse de la vida todo el tiempo.

La amistad es un compartir y a veces este ni siquiera puede ser recíproco. La amistad puede ser la antorcha de los Juegos Olímpicos. Llueve, graniza, nieva pero siempre hay alguien que la mantiene viva porque tú estás apagado. 

La amistad no te juzga, no te evalúa, no intenta cambiar quién eres. Porque ya eres. Y los principios que compartes son los que hacen que esa antorcha no se apague.

La amistad te mueve, te levanta y te llena.

En pie estamos y no ser agradecido suele ser de mala educación. 

Gracias

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