Ahogando las ganas de primavera en el café

El sol entra por la ventana y advierte la primavera.

Pero tú te guareces bajo la vieja bata, el pijama de franela y esos gastados calcetines de lana.

Amanece la calle que enciende radiante y cálida.

Pero tú te cubres el rostro tras las gafas oscuras.

La piel se baña en el tacto suave de los primeros rayos. Se avivan los colores vestidos.

Pero tú te apagas bajo el gris del jersey.

Se descubren los primeros paseos reposados, los primeros bancos dorados y las primeras páginas de libros abiertos al sol.

Tú te cobijas en el interior.

Huele a tiempo nuevo y floración. Brotan camelias y claveles, y los balcones de la ciudad siembran de petunias sus macetas.

Tú aún retiras la nieve del porche y recoges las hojas secas de la hiedra en el jardín.

La brisa acaricia. Tú sientes que el viento golpea.

A mediodía apremia  el calor. Se sudan los zapatos. Sobran abrigos y  fulares. Se cuelgan las americanas al hombro, se remangan las camisas y se lucen las piernas de las primeras faldas.

Tú te abotonas la chaqueta.

Los primeros cuerpos se estiran en los parques. Las películas se mudan al autocine.  Se emplazan las primeras terrazas sobre las aceras y el recogimiento de las tardes de invierno evoluciona a las primeras tardes desvestidas y agitadas.

La tarde invita al recreo a la intemperie. Tú te ocultas en el asilo del trabajo.

Se sirven las primeras cervezas frías. Tú reclamas un humeante café.

La luz se resiste y el día se hace más largo. A ti te pesa la jornada y te deslumbra el ocaso.

La noche despide las heladas. A ti te hiela el rocío.

El tiempo anuncia las ganas. Tú previenes el apetito.

Reprendes el cambio de estación y dilatas el tiempo por no destapar el cuerpo ni calzar sandalias.

Enfrentas el día, te ciegas ante la luz, te cobijas bajo el techo, ‘desperfumas’ las flores y apagas el color, enciendes el viento y  te resistes al calor, rechazas el asueto y asolas las tardes.

Y te convences.

Escribirías un poema si conocieses las rimas de los versos.

Pintarías un lienzo si supieses manejar el pincel.

Compondrías una canción si no ignorases las notas.

Sonreirías si atinases a esbozar el gesto.

Hablarías si no se te quebrase la voz.

Irías a buscarle si se revelase su encuentro.

Y mientras te adoctrinas bajo ese paraguas abierto y tu deseo encogido, mareas la cuchara removiendo la primavera y ahogando las ganas en el café.