Cruce de vías

Y ahí estaba yo. Plantada como un árbol frente aquel viejo cruce de vías. De pie, con los brazos colgados y las pupilas clavadas en el horizonte. Con el motor del coche en marcha, la puerta abierta y la radio encendida. Sonaba Blowin’ in the wind de Dylan.

How many roads must a man walk down before you call him a man?

Y yo tenía que decidirme. Desencolar los pies estáticos del asfalto. Dar un paso adelante o atrás. Subir al coche y dar media vuelta o superar el cruce y avanzar.

Rumbo al norte o al sur. Al este o al oeste. Cómo se puede atinar con la dirección correcta si desconoces el destino final.

La carretera frente a mí parece salvaje. Un sendero sin asfaltar, sin señal ni indicación alguna y con una empinada pendiente que no me deja ver más allá.

Recoveco incógnito.

Desconfiados, mis ojos se sienten atraídos por el camino que avanza hacia la derecha.

Una carretera recién asfaltada, con líneas perfectamente perfiladas sobre la calzada, con cuentakilómetros e indicaciones a ambos lados del tráfico. Puedo escuchar incluso al público situado a ambos lados de la acera animando a los participantes. Quizá sea el camino adecuado porque todos aplauden.

Nada que ver con el callejón de la izquierda. Frío e inhóspito hasta la primera curva que alcanzo a divisar. Sin coches ni peatones en la calzada, apenas distingo las líneas desdibujadas sobre el asfalto. Solo llego a precisar marcas de frenos, señales dobladas por el viento y algunas piedras y cristales sobre el arcén.

Temerosos, sin yo quererlo, mis ojos vuelven la vista hacia atrás.

El camino de regreso se descubre ligero, estático, en calma. Las líneas de la carretera se desdibujan desgastadas y algunas señales están parcialmente borradas por el paso del tiempo, pero son visibles. Reconozco cada coche, cada peatón, cada piedra e incluso el tramo exacto donde un obstáculo irrumpe la calzada.

Vuelvo la cabeza. Me siento. Me acomodo. Me quedo quieta y espero.

Inmóvil en medio del cruce, pienso que si se descubre el sol quizá pueda ver más allá de la curva de la calle de la izquierda.

Que si entre el público de la calzada derecha alguien repara en mí vendrán a buscarme.

Que si amenaza un vendaval quizá el aire me empuje hacia el sendero de enfrente.

Que si empieza a llover tendré que subir al coche y regresar.

Pero nada pasa. El aire baila y las nubes acarician el cielo con un lento vaivén.

Sin trastorno ni socavón, espero.