Despierta incomprendido

Las calles de Madrid arden y despiertan los incomprendidos.

Un poeta vaga con la guitarra, entre letras y notas que le embriagan de vida.

La pose cansada pero chulesca, las patillas del Rock &  Roll, la chupa de cuero y su andar despacio, dejado, como caído, pero atractivo. Es ese tipo que viaja la vida tan ardientemente que le quema.

Su pelo, una enjambre moreno abultado y caótico sobre la cabeza. Parece más un  personaje sacado de la cultura afro de los 70, que del Madrid del segundo milenio.

Es el tipo incomprendido, que canta para no volver a las trincheras, que siente una ciudad decadente y sangrante tras una pared de cicatrices. Que se pierde en la niebla entre castillos y sube peldaños de escaleras que, cree, no van a ningún lugar.

Pero entonces se le clavan los verdes, que no olvida aunque quiera, y le vuelve a emborrachar cada instante, cada ser, y explota su pura y más sincera sensibilidad hacia la belleza.

La tormenta amaina entonces y, bajo un sol abrasador, se humedece el pelo, y se sienta al parque junto a ella. Y cantan a los árboles, mientras le encoge cada nota, cada gesto. Y le confiesa querer dar marcha atrás y dejar de pasear sin rumbo. Ella enciende sus velas y él deja de derrapar.

Anochece y entre dos siempre se ve mejor brillar las estrellas, los soles por los que brindar. Y él canta para ella y ella para él, mientras la luna les observa. Y desde el mirador, construyen castillos y sueñan con Lisboa. Y lo olvidan todo.

Pero el tipo se distrae y le alcanzan las sombras que le persiguen detrás. Y grita y cree que nadie le oye, pero es que solo le pide salvarse a una pequeña golondrina.

Así la noche se hace más larga y espera a que llegue al alba para decir adiós y se despide de su sueño prohibido.

Pero su huella está impresa en cada letra, en cada nota, en cada verde, en cada ser. Y su sueño prohibido ha llegado aún más lejos de dónde alcanza a oír. Y los confines no van a rendirse a bailar un legado muerto, van a batallar por su poesía viva.

Rompe los espejos, abre la puerta al calor y echa el candado a la vida, que el fuego no se apaga y tu voz aún viaja por las estrellas.

La vida es un río y tú sabes que aún puedes arañarle al mar su luz especial . De qué sirve un vaso dulce si el último trago te deja un poso amargo.

Sigamos haciendo el tonto y perdiendo la cabeza.